Y… ¿Por qué no?

 

Reinventarse, volver a empezar, saltar al vacío. Todo son expresiones que acostumbramos a oír en cuanto alguien se plantea una nueva y rupturista etapa en su vida profesional y simplemente es eso: un nuevo capítulo.

Sin embargo, en cada paso que hemos dado a lo largo de los años en una empresa, o varias, en mayor o menor medida asumimos un reto y un riesgo. Ya sea un ascenso, un cambio de funciones o un nuevo destino, hemos empezado de nuevo. Ya sé que no es lo mismo, pues estabamos en una selva conocida y con reglas familiares.

Pues bien, cuando decidimos emprender después de muchos años luchando en guerras convencionales y decidimos pasar a campo abierto nunca lo hacemos desprotegidos. En la mochila llevamos habilidades, formación y relaciones. Quizá no dispongamos de un mapa detallado del territorio que nos espera, pero hemos desarrollado el sentido de la orientación tras muchos años experiencia.

Eso sí, hemos de elegir bien donde nos metemos. Reinventarse no debe suponer renunciar a todo lo que hemos conseguido. Tampoco nos debe obsesionar hacer algo radicalmente distinto solo por cambiar de dirección. Tan solo (y nada menos!) emprendemos un nuevo camino con lo bueno que tenemos y desprendiéndonos de todo lo que suponga una rémora.

Aquí esta lo difícil: ¿qué conservamos y que abandonamos?. 

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